Presentación de Jesús en el Templo. Esperar y reconocer la vida nueva

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Hoy, cuarenta días después de la Navidad, es la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, que celebra el encuentro luminoso entre Jesús y la humanidad que le espera. En el reconocimiento del Mesías por parte de Simeón y Ana, la confirmación de una tenacidad y una obstinación, a pesar de la fragilidad, que vencen la tristeza y la desolación

Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano

Según las prescripciones del Antiguo Testamento, relativas a la pureza cultural (Lv 12,1-8), una mujer era impura después de dar a luz durante cuarenta días y debía ofrecer al templo, como sacrificio de expiación, un cordero y una paloma joven; si era pobre, dos palomas jóvenes. También Jesús fue presentado por María y José al templo para ser redimido, para la ceremonia de la purificación: a Dios, de quien procede todo, se debía toda primicia, incluido el primer hijo varón. Simeón es el verdadero israelita, justo y piadoso, guiado por el Espíritu (como los profetas), que espera al Mesías. Ana es la profetisa anciana que dedica su viudez al Señor (verdadero marido), sirviéndole con ayunos y oraciones, noche y día. Cada día los dos ancianos acogen a diferentes niños para realizar el rito. Cuando los padres de Jesús se presentan ante ellos, ven en su Hijo al Señor anunciado desde hace siglos, la “luz para iluminar a las naciones”.

Mis ojos han visto tu salvación

Ana había enviudado muy joven. Simeón esperó durante toda su vida el consuelo de Israel, habiendo compartido su dolor y desolación. Sus ojos podrían haberse oscurecido por el sufrimiento, la soledad, la resignación, el cansancio. Podrían haberse dirigido a otra parte, podrían haberse apagado, limitándose a ver sólo de cerca. En cambio, Simeón y Ana supieron esperar toda una vida. En el relato del Evangelio de Lucas, el cántico de Simeón libera una regurgitación de luz de la profunda humanidad de un hombre considerado muy anciano, pero que tiene una mirada viva porque se ha dejado atraer. Había muchas personas y doctores de la Ley en el templo todos los días, haciendo oraciones y liturgias. Sin embargo, sólo Simeón y Ana tenían ojos capaces de ver más allá, no cegados por la costumbre y la indiferencia, ojos que no dejan de buscar y de soñar.

El Cántico de Simeón

En el templo, mientras Jesús se ofrecía a su Padre, se abandonaba en manos de los hombres. Es el doble movimiento de la encarnación: el Hijo entra en el mundo para ser un perfecto adorador del Padre y para responder a las expectativas de los hombres. Simeón tomó a Jesús de los brazos de María en los suyos, bendijo a Dios y rezó el “Nunc dimittis”, un himno que puede compararse con los más bellos salmos y que se reza todos los días en el oficio de la tarde, en Completas, desde el siglo V. Ahora, Simeón puede morir en paz, porque ha visto la señal prometida, que es la salvación para todos los pueblos y para Israel. Saciado de vida y alegría, ahora puede confiar plenamente en Dios, sabiendo que su vida tiene sentido. En el himno añade: “Él está aquí para la caída y resurrección de muchos y como signo de contradicción”. Cristo derriba nuestros pequeños o grandes ídolos, las máscaras y las mentiras, contradice la tranquila mediocridad, las falsas imágenes de Dios. Como nos recuerda el padre Ermes Ronchi, es la resurrección de la nobleza que hay en todo hombre, incluso en el más perdido y desesperado.

La luz del mundo

En el mismo día en que se celebra la fiesta de la Presentación en el Templo,  se celebra la Candelaria desde el siglo IV. La procesión, que la liturgia de este día manifiesta con velas encendidas, recuerda precisamente las palabras con las que Simeón indica al Mesías: “luz para iluminar a las naciones”. La palabra griega es apokalupsis: sugiere la retirada de un velo que oculta la luz. El hombre, dirigiéndose directamente a María, revela la acogida que tendrá el Señor: está destinado a ser ocasión de caída y de resurgimiento en Israel, estarán a favor o en contra de él; será aceptado por unos y rechazado por otros. Ana se acercó a la sagrada familia, y como Simeón, como si hubiera escuchado sus palabras, comenzó a alabar a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

Simeón y Ana, ancianos alegres

El tiempo de la vejez no es un naufragio, una desgracia, un desastre. Simeón y Ana fueron testigos de ello, no cerrando los ojos ante su debilidad, ante el debilitamiento de sus fuerzas, sino encontrando en ese Niño una nueva compañía y energía. Simeón, después de tomar al Niño en sus brazos, pudo cantar el Nunc dimittis no con la tristeza de quien ha desperdiciado su vida y no sabe lo que le va a pasar.