Un alegre saludo a la Diócesis de San Felipe de Aconcagua

101

Agradezco al Santo Padre por permitirme integrarme a vuestra historia de evangelización; al Nuncio por su paternal y paciente diálogo con el que se cuajó la decisión; al Padre Jaime Ortiz de Lazcano Piquer, quien en su servicio como Administrador Apostólico, me ha manifestado su disposición para acompañar mis primeros pasos en el conocimiento de la vida diocesana; a cada una de las personas que me acogerá con mis debilidades y precariedades como un pastor que desea estar con ustedes, junto a Jesús, camino, verdad y vida. Desde un inicio envío un saludo fraternal a quienes sirven en la Diócesis: laicas y laicos, catequistas y servidores, religiosas y religiosos, sacerdotes y diáconos, y a todas las personas de buena voluntad que desean hacer presentes los valores humanos y divinos del Reino de Dios.

Querida diócesis de San Felipe de Aconcagua, la Providencia de Dios ha querido que un día como hoy se conociera el nombre del esperado Obispo que les siga acompañando en las múltiples y hermosas tareas que tantas y tantos llevan adelante en estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Sé que han rezado para que el nuevo hermano sea un pastor ‘con olor a oveja’, que dé testimonio del amor de Cristo, y sea muy cercano al servicio de todas las personas, sin distinción.

Ciertamente, las anteriores características son un programa de vida para cualquiera, independientemente de cual sea su función en el cuerpo de la iglesia. Todos, como miembros del pueblo de Dios, somos llamados y llamadas a encarnar la ternura y la misericordia del Buen Pastor, la generosidad y la disponibilidad de la Virgen María, la solicitud y el servicio abnegado de la muchedumbre que acompañaba a Jesús, la humildad y la oración de las santas mujeres plasmadas en los evangelios, y el anuncio de los discípulos después de la resurrección.

Desde un inicio, deseo que puedan ver en mí a un servidor de la oración y la Palabra, de la comunión y la solidaridad, de la justicia y la paz, con la convicción que quién sirve en la vida puede plenificar su corazón con la libertad de un amor dado, con el sufrimiento de un mal ofrecido y con la serenidad del misterio de Dios contemplado. Nada hay que nos haga más santos, más libres y más felices que encontrarnos desde nuestra humanidad y nuestra precariedad con las otras personas, sin caretas, sin una autoridad que lesiona la dignidad de la persona más sencilla, sin el poder prepotente que deslava tanto nuestra semejanza con Dios. En tiempos de pandemia hemos vuelto a valorar tantas dimensiones de bondad que estaban escondidas en nuestros corazones; éstos se habían cerrado y no nos permitían ver a la otra persona en cuanto otra, centrándonos solo en aspectos materiales y en la búsqueda de logros personales. Todo ello nos vuelve a disponer a la oración, a la vida simple y profunda de la familia, a nuevas formas de vida solidaria, a acompañar la soledad de tantos y tantas, y valorar  a quienes buscan el bien común de toda la sociedad, haciéndola más justa, solidaria y humana.

Me anima mucho pensar en los diversos lugares que Dios nos asigna en la iglesia. Según 1Cor 12,28-30, en primer lugar están los enviados (los apóstoles), quienes han difundido el frescor de un Cristo cercano que se hace hermano y nos toma de la mano en toda circunstancia. Es claro que estos discípulos no tienen relación con los Doce en este contexto, lo que dinamiza mucha más la llamada a cada persona a seguir siendo apóstol de Cristo como lo primero que estamos llamados a ser y a hacer en la comunidad. ¡Qué hermoso es cuando nos convencemos que esta es la primera tarea en la iglesia y en la sociedad! Ello nos permitirá ser iglesia en salida, en donde se vaya debilitando más y más el amor al poder, y se vaya estableciendo día a día el poder del amor que irrigue nuestra vida con paz, humildad y alegría. Todos tenemos un lugar en el cuerpo de Cristo, cada miembro es necesario para la vida de la Iglesia, gozándonos de las distintas vocaciones específicas que el Espíritu Santo ha suscitado en cada uno, según lo ha destacado el Documento de Aparecida.

La iglesia, pueblo de Dios, es una comunidad de diversas personas con diferentes carismas, talentos y talantes. Quiero expresar que esa pluralidad y diversidad es muy necesaria para la unidad de la comunidad. La vida laical, el servicio religioso y la condición bautismal de todos, tiene su máximo esplendor en el apostolado. Sean nuestras vidas una oportunidad de ofrecer el amor, el dolor y la oración para la evangelización. Espero ser un servidor de ella para cada una de ustedes, para cada uno de ustedes.

Doy gracias a Dios por permitirme compartir con ustedes un lugar en vuestra comunidad. El encargo es ser pastor (CIC 375); como tal, y en cooperación con el presbiterio (CIC 369), espero servir para la santidad de toda la comunidad que peregrina en esta, mi nueva diócesis.

Les pido oración y paciencia para que podamos caminar juntos. Me confío a la intercesión juvenil de Santa Teresa de Los Andes, a la ternura maternal de la Virgen María y al sufriente Cristo de Rinconada de Silva.

Dios nos bendiga. Recemos unos por otros. Unidos en esta oración.

Un saludo fraternal.

Gonzalo Bravo Álvarez